Quito: Más cerca del cielo

Centro Histórico de Quito
       No lo había notado hasta que Sabry lo mencionó: “¿Viste que el cielo parece estar más cerca?” Y es cierto. Miro hacia arriba y el firmamento se presenta infinito, como si en cualquier momento se nos fuese a caer encima. Llego a pensar que no tardará en tragarnos con sus deformes dientes blanquecinos. Quito es una capital que no lo parece. Las calles no están abarrotadas de autos que intentan adelantarse con sus agudos quejidos. Los hombres de corbata y portafolio no buscan abrirse paso entre la multitud a los empujones y los verdes parques amodorrados suelen despertar cobijados por el calor de su gente, a la que no parece importarle el día ni la hora para disfrutar de una pequeña dosis de aire libre. En Quito conviven naturalmente las intransigentes oficinas con los relajados espacios públicos, los enormes edificios con las descascaradas casas de techos bajos, el desdén diurno con el aplicado frenesí nocturno. Pero sobre todo, sus habitantes  parecen incorporar ambos aspectos con la versatilidad de un transformista. Como una especie de Jekyll y Mr. Hyde contemporáneos que se adaptan según las circunstancias. Siento como si la gente se hubiese quedado congelada en el tiempo y como si existiese otro mundo, paralelo, en el que la infraestructura fue creciendo a pasos agigantados.

       En otras palabras: Quito tiene todo lo que tiene una gran capital, pero con aires de pueblo.
Nos cuesta un tiempo adaptarnos a esos conceptos tan disímiles, a esa forma de vida tan alejada a la de una ciudad principal. Pero nos encanta. Quito realmente nos encanta. El casco antiguo invita a perderse en la edad de las colonias, cuando las mujeres llevaban vestidos largos y los carruajes repiqueteaban acompasadamente sobre los diseminados adoquines robustos. La Calle de La Ronda, un sendero angosto flanqueado por eternas casuchas coloniales, parece sumergirnos en la París de Dumas, aquella colmada de honorables hombres de aspecto refinado y amarillentas ropas acartonadas y bañada de moradas con amplísimas galerías y un florido parque en el centro haciendo gala de una ostentosa fuente de mármol. Un París de amaneceres animados y de noches lúgubres abandonadas a la luz mortecina de los faroles de querosene o al fulgor moribundo de alguna vela.
Quito a través de su gente
       Los parques y plazas están abarrotados de niños chillones que reclaman a sus padres un vaso de frutas, como si fuesen golosinas. Y de hecho lo son, porque cada bocado se descubre jugoso, dulce, exquisito. Las frutas en Quito son de las más ricas que probaríamos en todo el viaje, en especial el ananá o piña, como lo llaman allá. Pasamos largas horas tumbados sobre el césped, viendo pasar a la gente, observando a los árboles mecerse sobre una hamaca invisible, oyendo el griterío escandaloso de los vendedores ambulantes que anuncian por enésima vez su fragante mercadería. Desde coloridas sandias y naranjas, hasta refrescantes helados y jugo de coco. Dialogamos repetidas veces con los amables lugareños. Nos entregamos a interminables conversaciones, mientras el viento nos acerca el inconfundible aroma ahumado de los pinchos. Siento, como tantas veces a lo largo del viaje, un huracán de emociones, una felicidad enorme y delirante, enraizada en la libertad y en la compañía. Sobretodo en la compañía.       Conocemos la mitad del mundo, una visita obligada, más por la foto típica que por lo atractiva, y ascendemos al cerro Cruz Loma, en el que es actualmente el teleférico más alto de Sudamérica. Desde allí, apreciamos la ciudad en toda su magnitud: Una delgada línea horizontal de edificios y construcciones bajas que se extiende hacia ambos lados entre colinas suntuosas, algunas verdes, otras amarillentas.  Nunca llego a distinguir si lo que me quita el aire es la falta de oxigeno que produce el hecho de estar a 4050 metros sobre el nivel del mar o la imagen imponente de aquella ciudad, que desde las alturas parece dormida.
Del lado de allá. Del lado de acá
       Entiendo lo mucho que me va a costar irme de acá. Sé lo difícil que será dejar atrás Quito y su gente. Acostumbrarme a no divisar aquel cerro verde como la esperanza al posar la mirada en el horizonte, a no oír el cantar de las alarmas de los autos que se disparan solas, como por arte de magia; a no transitar por ese clima antojadizo que obliga a quitarse el abrigo cuando el cielo se despeja y a ponerse nuevamente el suéter cuando una nube caprichosa decide ocultar la luz con sus manos de algodón. Pero tenemos que seguir viaje. Se va extrañar, sí. Pero tenemos que seguir.  

4 comentarios:

  1. Nunca estuvo en Quito... hasta ahora... después de leerte. Gracias, gracias, gracias.

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  2. Muy lindo, como siempre.

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