Vida de Altura

           

           Le acaban de robar y el hombre vomita un remolino de palabras incomprensibles. Aprieta sus puños y siente que se entumecen como las garras de un cóndor que acaba de atrapar una presa.Putea. Putea como nunca antes lo había hecho en su vida. Mastica colérico el amargo sabor de la bronca. Se queja. Viste unos amarillentos pantalones raídos, un suéter de lana azulado y un colorido gorro, cuyas puntas le tapan las orejas. El sol le quema, como también le queman los recuerdos.

        Atrás quedaron las acarameladas imágenes de su niñez, cuando las calles eran de tierra, una tierra verde como la esperanza, y cuando la inocencia aún podía respirarse en el ambiente. ¿Qué había cambiado desde entonces? Ahora, con los ojos llenos de rabia, sólo podía ver cemento, un cemento gris y oscuro como el desamparo. Cemento y globalización. Los recuerdos se atropellan unos a otros, se confunden con el griterío del mercado. Tira algunas piñas al viento y vuelve a gritar, esta vez con más fuerza, como si quisiera que lo escucharan los ancianos eternos de Vilcabamba y los jóvenes que descansan su rutina en las playas de Máncora. Como si quisiese hacer temblar Lima. No va a permitirlo. No va a dejarse aplastar por ese monstruo que acaba de despojarlo de todas sus pertenencias, de su trabajo duro, de su cándida infancia. Ese monstruo que se hace llamar civilización y que no es más que barbarie. Entonces, se lanza en una carrera desenfrenada, una carrera que va a redimirlo de toda la opresión de antaño. Sabe que hace minutos nomás, el hombre se perdió en la esquina de la Avenida de la Cultura, pero entiende que lo reconocerá porque advirtió esa camisa negra, negra como la maldad, y esos impecables jeans azules, azules como la cobardía. Se desliza ágilmente calle abajo entre un océano de gente y no tarda en padecer los efectos agobiantes de la altura. Su pulso se acelera y la falta de oxígeno le estruja el pecho con todo el peso de la culpa. Intuye que no demorará demasiado en encontrarlo y está en lo cierto porque, a lo lejos, camuflado entre la multitud, el hombre camina con aire resuelto, como si ya hubiese ganado una batalla que nunca peleó. Camina henchido de adrenalina y de dinero, dinero que no es el suyo. Ahora está a unos pasos y puede sentir el hedor de su perfume importado. Un olor dulzón que le causa repugnancia. Un olor rojizo, como la desgracia. Así que empuña su faca y se la clava por detrás con desmedida violencia, hasta percibir el espeso líquido caliente del triunfo en sus manos. No entiende por qué, pero lo hace. Tal vez haya sido él quien contaminó el aire de inocencia del ayer. Tal vez haya sido él quien pisoteó su tibio pasado, lleno de carencias y de valores. Y quizás sea su muerte la que le permita recuperar todo lo que le robaron. No lo sabe con exactitud, es cierto. Pero quizás lo sea.
        Sin embargo, todo esto ocurre en el hermético sendero de su mente. Todo menos el robo, claro. Por un instante más, le da miles de vueltas y lo piensa. Lo piensa sin soltar al viento ni una sola de esas palabras incomprensibles, sin putear como nunca antes con los puños agarrotados. Lo piensa masticando, eso sí, el amargo sabor de la bronca. ¿Para qué gritar cuando uno puede enojarse en silencio, aunque ese silencio, más temprano que tarde, acabe por perforar el alma con la precisión de un taladro? Entonces, mira a la nada misma con una mezcla de ira y tristeza. Contempla el vacío acostumbrado a que esos dos profundos sentimientos sólo puedan manifestársele en los ojos. Y por eso se cargan, además, de una pizca de resignación. Y agacha la cabeza. Agacha la cabeza tanto que  parece una tortuga metiéndose dentro de su caparazón. Agacha la cabeza y sigue caminando.

3 comentarios:

  1. Estoy conmocionada por lo que leí. La narración es perfecta: vi los colores, me faltó el aire, olì el perfume, sentí la bronca y la resignación. Alejandro, tenés el don. Gracias por compartirlo.

    ResponderEliminar
  2. Excelente relato y muy profundo. Felicitaciones!

    ResponderEliminar