Atravesando la primera frontera: Ipiales-Tulcan

El armonioso pueblo de Salento.
       Está ahí, delante de mis ojos y por unos instantes creo verla relucir como el oro. Está bañada de una sedosa salsa brillante que le confiere el aspecto exótico de algún manjar de la edad media. Humea. Y a su alrededor flotan tiernos champignones y camarones anaranjados como pequeños soles resplandecientes y jugosos. La miro y ella parece observarme con el mismo enamoramiento solapado. La salsa caliente burbujea y desprende todo el sutil aroma del mar. Un inmenso plátano dorado y crujiente se tambalea sobre una vajilla blanquecina. Se me hace agua la boca. No soporto más y engullo un gran bocado de la trucha en salsa de mariscos. Inmediatamente, la suntuosidad de la crema se funde con el sabor dulzón de los champignones y la textura aterciopelada de los camarones. Me veo suspendido en el aire, mientras la brisa del océano me golpea suavemente en la cara. No tardo demasiado en devorar el plato.

Trucha en salsa de camarones.

El pacífico pueblo de Salento está ubicado en el eje cafetero y aquí uno puede caminar sus apacibles callecitas empinadas, degustar la trucha en sus diversas formas y perderse durante horas entre acogedoras casitas de tonalidades pastel. En cada esquina se oyen las bolas de billar chocando entre ellas y los ruidosos lugareños, con aspecto de vikingos, beben cerveza y conversan en amaderadas fondas que parecen sacadas de una película del lejano oeste. Más allá, unas extensas escalinatas de cemento conducen al mirador de la ciudad, emplazado sobre un minúsculo cerro amarillento.
       Visitamos el imponente Valle de Cocora, un conjunto de palmas que se erige majestuoso sobre una amplísima cuenca reverdecida e invita a recordar los paisajes de El Señor de los Anillos.
El Valle de Cocora.


Al otro día, partimos hacia la frontera con Ecuador. Nos esperan unas 24 horas de viaje y los micros no parecen los indicados para la travesía. Una vez dentro, los asientos resultan incómodos y pasamos la noche entre pequeñas cucarachas que cada tanto nos caminan por el cuerpo. Llegamos a la frontera temprano y comenzamos el trámite que, para nuestra sorpresa, es ágil y relajado. Pero cuando tomamos el bus hacia Ibarra, el micro se detiene repentinamente. Dos hombres de mirada fría y facciones severas nos hacen bajar y nos revisan los bolsos de mano. Al no encontrar nada extraño, nos preguntan si llevamos mochilas más grandes. Les respondemos que se encuentran en la bodega del bus, intuyendo que estaríamos un largo rato detenidos. Sin embargo, los hombres nos hacen señas para que volvamos al micro y nos dejan seguir camino.
        Atravesamos cultivos de vivos colores sobre exuberantes laderas. El celeste almidonado del cielo contrasta con las distintas tonalidades de amarillo, verde y marrón de los campos. Más abajo, el santuario de las lajas se alza solemne sobre un caudaloso riacho de aguas transparentes que desciende oblicuo desde el lecho montañoso. La historia cuenta que alrededor del año 1754 la imagen de la Virgen del Rosario fue descubierta por una indígena llamada María Mueses junto con Rosa, su pequeña hija. Al verse sorprendidas por una tormenta, María y su hija buscaron refugio al costado del camino. Para sorpresa de la madre, la niña, que hasta ese momento era considerada sordomuda, dice: "Mamita, la mestiza me llama...", señalando la pintura iluminada por el insistente relampaguear del cielo. Así se construyó un santuario conmemorativo, que visto desde la lejanía da la impresión de colgar de las nubes.
Santuario de las Lajas.



Cuando llegamos a Ibarra, la noche ya tiñe de penumbras las fachadas de los hogares y nos sentimos agotados. Pero tenemos la fortuna de conocer a Daniela, quien se ofreció a hospedarnos en su casa. Nos lleva al mirador de la ciudad y pronto somos absorbidos por una oscuridad impenetrable. Un silencio perturbador se apodera lentamente de la escena. Las luces de las viviendas parecen diminutas velas candentes y vivas. Detrás, como sombras chinescas, una vasta cadena montañosa se yergue sobre un espeso manto de niebla. En la ciudad de Ibarra no hay demasiado para hacer, pero el simple hecho de conocer a Daniela y a su hermosa familia es motivo suficiente para pasar allí unos días. Probamos los helados de Paila y la fritada. Nos desentendemos del tiempo mediante animadas charlas, suculentos desayunos y cenas sabrosísimas. Por la noche, aprovecho para jugar al Monopoly con el hermano y el primo de Dani. Al parecer voy perdiendo, pero logro construir un hotel en lo que resulta ser una ciudad importante y los chicos se agarran la cabeza frustrados. No puedo más que sonreír.

Con Dani y su papá  en Ibarra.

       Luego de dos relajados días en Ibarra, partimos rumbo a Otavalo, en donde nos espera una experiencia inolvidable.

8 comentarios:

  1. Cómo lo extrañaba, realmente, me encantó!!!!!!!!! Marcela

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  2. Qué hermosa y valiente experiencia!!!!!!!! Los paisajes y manjares son soñados, pero los viajecitos en los colectivos descontamelos!!!!! Male

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  3. Excelente crónica, como siempre! Felicitaciones!

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  4. Qué hermoso Alejandro! Y Cuánto te extraño. Realmente he disfrutado este relato.Besos a los dos.Miriam

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  5. Todo muy lindo, pero ya están en Argentina y los relatos recién van por la frontera de Ecuador. Queremos más y más!!! A escribir con urgencia!

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  6. Totalmente de acuerdo!!!!!!

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  7. Ya lo viví en carne propia, y lo vivo nuevamente mis recuerdos cada día.... Pero me muero de ganas de revivirlo con tus palabras Chinito! Escribí!!!!! Todos estamos esperando leerte!!!! :)

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