Los contrastes del Tayrona.

Contrastes.

       El hombre lleva en la mano un coco y pasea con aire despreocupado. La mujer, que camina lentamente a su lado, observa el paisaje con ojos de niña. En la desértica playa sólo se oye el rugir de las olas. Cada cierto tiempo, se detienen a sacar fotos y se miran extasiados. Después,  el hombre se sumerge una vez más en sus pensamientos. ¿Cómo serían aquellas costas en la etapa de las conquistas? ¿Y si él hubiese sido un pirata? Rápidamente, imagina un lugar donde se guarecería de la ley, pero se distrae. Nota unas huellas en la arena y juega a dejar marcadas las suyas, dándose vuelta de tanto en tanto para contemplarlas. El tamaño de su pie lo sorprende y rememora su infancia, su adolescencia. A sus amigos solía causarle gracia la diminuta medida de su pie. El recuerdo le roba una sonrisa. ¿En qué andarán sus amigos? Saborea la fruta y pierde la mirada en el horizonte. El viento parece llevarse consigo la tristeza de épocas pasadas. De seguro, sería un reconocidísimo pirata. En eso va pensando mientras recorre las playas del Parque Nacional Tayrona. Y tal vez es por eso que no se sorprende al encontrarse con una decena de personas que no se animan a cruzar el pequeño río que desemboca en la siguiente playa, que no obedece los gritos desencajados de su novia, ni nota los rostros asustadizos de los demás. Tal vez es por eso que no ve al caimán en la orilla, que espera con la boca abierta a algún viajero distraído. Tal vez es por eso o porque es medio pelotudo. No lo sé. Pero a último momento y sin motivo aparente, el hombre recula y acepta la decisión de su novia de cruzar por otro lado. Agradezco que el hombre haya oído justo a tiempo. Porque ese hombre que lleva en la mano un coco y camina con aire despreocupado, y va sumido en sus pensamientos y no ve al caimán...ese hombre soy yo. 


¡Epa! ¿Tan grande era?
       El Parque Nacional Natural Tayrona es un paraje de contrastes. Un sitio sobreexplotado turísticamente, pero que esconde la invaluable belleza de lo natural. Pasamos los días bañándonos en sus múltiples playas de transparentes aguas azules, enmarcadas por el verde vivísimo de la selva, y sentimos que estamos en dos lugares distintos al mismo tiempo. Infinitas veces, erramos por senderos rodeados de exuberante vegetación. Los frondosos árboles dejan pasar un tenue haz de luz que parece diluirse en el aire. Cada tanto, unas hormigas coloradas y enormes nos pican en los pies y lanzamos un pequeño aullido. Nuestros pasos atemorizan a veloces lagartijas y a simpáticos cangrejos, que se refugian entre la maleza. Más allá, al final del camino, nuevamente la arena y un mar delicioso.

Playa y selva.

       Por momentos, las playas desoladas y los espigados cocoteros me llevan a creerme Robinson Crusoe. Tomo un coco del piso, lo abro a punta de navaja y bebo el agua de un sorbo largo. Definitivamente, soy Robinson Crusoe. 

Selva y playa detrás.

       Aún no logro entenderlo. En el Tayrona, los días se hacen más cortos y a la vez más largos. Tal vez sea otro de sus contrastes. O quizás sea parte de la magia del lugar. No lo sé. Pero dicen que si se conoce el truco, se pierde el encanto. Y a mi la magia me gusta muchísimo.  

8 comentarios:

  1. Cómo lo extrañaba!!!!!!!!!!!!! Gracias.

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  2. Muy bueno el relato y con toques de humor. Una crónica muy bien escrita, por cierto.

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    1. ¡Muchas gracias, Mario!

      Me alegra que guste y nos sigas.

      Saludos.

      Alejandro.

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  3. Buenisimo...... se extrañaba leer..... por favor hacelo más seguido que vale la pena.
    Besos

    Silvia

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    1. Gracias, Sil! Voy a intentar escribir más seguido.
      Besos.

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  4. En los 50 de tu tío Sergio, encontré una lectora incondicional, quien dice transportarse con cada relato, creo que eso define bien lo que sentimos los lectores. Beso. Marcela

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  5. Muy bueno. Me hacés reír cuando estaba llorando. Yo te imaginabaen buggie haciéndote el Tito "BEZONE", al menos más seguro...por el caimán.Cuídense LOCOS!!Besos.Pelu

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