Un viaje aterrador a Santa Marta

Barquitas en Taganga
       Apenas se sienta, la mujer se persigna y lanza al aire palabras ininteligibles. Viste una escotada remera negra y luce un aspecto relajado y formal. De tanto en tanto, lleva a su boca una fruta verdosa del tamaño de una pelota de golf, que come de a pequeños bocados. Siento ganas de preguntarle qué es, pero no lo hago. A lo lejos, la luna se guarece entre nubes blanquecinas. ¿Por qué se persigna esa mujer?
El colectivo avanza a toda velocidad sobre la ruta semidormida y con cada curva se sacude violentamente hacia los costados. El asfalto serpentea colina abajo entre montañas imaginadas y sombras indescifrables. El conductor, que parece un lunático salido de alguna película de acción, opta por sobrepasar en los momentos en los que no hay ninguna posibilidad de saber si viene alguien de frente. Un ligero escalofrío me recorre el cuerpo de punta a punta. Siento miedo, mucho miedo. Examino al resto de los pasajeros buscando una mirada cómplice, como para no sentirme tan solo, pero los colombianos que están a mi alrededor descansan plácidamente. «Deben estar acostumbrados a viajar con psicópatas», pienso. Igualmente, la idea no me tranquiliza en absoluto y con cada giro el corazón parece salírseme de lugar. Cada traspaso es un encuentro cara a cara con la muerte. Quiero gritar, pero mis pesados párpados se cierran y sólo consigo dormir, como si estuviese anestesiado por mi propio temor.  Imagino las portadas de los diarios del día siguiente anunciando el accidente y la tragedia. Veo, o creo ver, a toda mi familia reunida dentro de un espejo, como observándome fijamente, esperando que sea eso que nunca llegué a ser. Me sumerjo entre sueños en paisajes delirados, sobre arco iris con formas cónicas, ovaladas, circulares. Caigo al vacío incontables veces. Tal vez, si no la miro a los ojos, como medusa, la muerte me regale algunos días.

Cuando consigo despertar, me lleva un tiempo acostumbrar la vista a la claridad del día. El cansancio finalmente venció al miedo y el viaje se hizo más corto de lo esperado. Al parecer, ni Sabry ni yo vamos a salir en la tapa de los periódicos. Un tenue haz de luz ingresa uniforme a través del ventanal y forma pequeños cilindros amarillentos en el aire. Las doradas cañas y  los sutiles platanales que decoran las márgenes de la ruta nos informan que llegamos a la tan esperada costa colombiana.
Santa Marta sorprende por su bullicio casi constante y su clima abrasador. Toda la ciudad es una especie de Barrio de Once: Con puestos ambulantes distribuidos azarosamente en las aceras, gritos ensordecedores y lugareños amontonados en el ínfimo espacio que queda entre el cordón de la vereda y las tiendas de comerciantes. «A la orden», «Pase», «Barato», «Mirar es gratis», vociferan los vendedores callejeros, y a mi me da la sensación de que si uno recorriese Santa Marta demasiado tiempo, no tardaría en ingresar al Borda con un chaleco de fuerza. 
Buscando escapar rápidamente de aquel caos, tomamos un colectivo hacia El Rodadero, una playa más alejada del centro. El calor es insoportable. Tras algunas cuadras de caminata, el azulado mar se abre infinito ante nosotros. Pasamos la tarde sentados sobre la arena, pero no logramos simpatizar con la ciudad. Como una pesadilla que se repite cruelmente una y otra vez, advertimos que los intensos comerciantes aparecen de a montones, con intervalos de un minuto, treinta segundos, tal vez diez. A cada rato, debemos negar con la cabeza y sentimos que estamos en un partido de tenis, viendo la bola ir de lado a lado.

Pescado frito, patacón, arroz y ensalada

Huimos nuevamente, ahora hacia Taganga, un pueblito de pescadores ubicado a unos cinco kilómetros de Santa Marta. El ambiente es extrañamente distinto. Por la tarde, el sol se refugia poco a poco en un apacible mar de color verde esmeralda y los lugareños venden pescado fresco sobre la playa. Cuando oscurece, la calle principal rebosa de artesanos y músicos que le conceden al pueblo un clima cordial y festivo. Es difícil explicar la sensación que me produce. Taganga aparenta haberse encontrado inesperadamente con una explosión de turistas, que fueron degradando el estado de las playas y generando una movida que no parece propia de un sereno pueblo del caribe. La imagen resulta tan extravagante como una discoteca en medio de un desierto. ¿Qué es realmente Taganga, ese pueblito tranquilo y despreocupado que imagino alguna vez fue? ¿O éste, plagado de bares que permanecen abiertos hasta altas horas de la noche? Cuesta mucho descifrar la esencia del lugar. Cuesta mucho adaptarse a semejante contraste.

Atardecer en Taganga

Pasamos los días tumbados en la playa, observando las puestas de sol y bañándonos en un mar sin olas que se asemeja a una pileta. El pescado frito, siempre custodiado por su ración de patacones y arroz, resulta salado y exquisito. Uno de lo dueños de un puestito, en dónde almorzamos uno de los días, nos advierte del peligro de ir caminando hasta Playa Grande y nos aconseja tomar una lancha. En realidad, todos los pueblerinos lo recomiendan. Pero nosotros nos encontramos con James, a quien conocemos a través de Couchsurfing, y nos cuenta que los lugareños están arreglados con los lancheros, que es completamente seguro atravesar a pie el monte hacia la playa. Así que decidimos hacerle caso y tomar el sendero. La caminata dura alrededor de diez minutos y en el camino nos cruzamos con familias enteras de colombianos que sacan fotos y juegan con sus hijos. Desde la colina vemos las lanchas que pasan atestadas de turistas, que pagaron una fortuna por un viaje de escasos minutos. Más allá, hacia la orilla, las pequeñas barquitas descansan sobre un mar cristalino, bajo el abrigo de un sol anaranjado y sedoso.
En unos días, Argentina enfrentará a Colombia en Buenos Aires y nosotros vamos a ver el partido con James, lo que significará una oportunidad única de vivir y disfrutar el fútbol con un colombiano genuino.


 

7 comentarios:

  1. Magnifico relato como siempre....
    Se hizo esperar pero valió la pena.
    Me sentí mareada creyendo que iba en el colectivo con ustedes.
    Sigamos viajando juntos.....
    Besos

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  2. Excelente !!!! se lo extrañaba !!! Impecable !!!!!!!!

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  3. Muy lindo. Igual se viaja mejor que en el Sarmiento.

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  4. Muy bien diez, felicitado, excelente! Me gustó mucho leerte, aunque sentí angustia, según me dicen, es porque está muy bien contado. Gracias por compartir cada vivencia con nosotros. Ya espero ansiosa el próximo, te quiero.

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  5. Que hermosa y temida experiencia, besos. MALE

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  6. Te quiero mucho y me encanta leerte.Cada vez vas hallando nuevas imágenes que plantean un relato tan sabroso como las comidas que describís.-
    Gracias!! Te miro desde el espejo.PELU

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  7. Qué lindo es leer tus descripciones!!!! Me gustaría que continúen como esos relatos de novelas policiales que no podes dejar de leer, hasta llegar al desenlace. Por favor contá como te fue con la venta de frutillas con chocolate y crema, te dio resultado, valió la pena? Muchos besos Tita

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