Villa de Leyva: Amor a primera vista

Armando la carpa
        Existen los amores pasajeros, esos que están condenados a morir en el fondo de un amarillento cajón, llenos de polvo y suciedad. Y existen los amores que calan hondo y se hospedan para siempre en el rincón más cálido de nuestro corazón. Algo así, nos ocurre instantáneamente con Villa de Leyva, con su maravillosa gente y sus callecitas empedradas, propias de otro siglo. Un lugar mágico que resultará muy difícil borrar de nuestra memoria.

Nos alojamos en Dónde Cielo y armamos nuestra carpa entre fieles árboles frutales y frenéticos colibríes brillantes. El aroma a Guayaba llega uniforme desde el otro lado del campamento. Salimos a caminar y nos perdemos una y mil veces en cada pasaje, en cada recodo del pueblo. Los lugareños nos observan con asombrada calma. Los hombres visten pantalones de tonos opacos y sombreros de paja. Las mujeres, en su mayoría ancianas, llevan una especie de saco sin mangas, bufandas anchas y claras capelinas floridas. Decido tomarles una foto a dos pueblerinos que yacen cómodamente sentados en un banquito, pero el hombre me confunde con un asiático y me dice que tendré que pagarle. Cuando le explico que soy argentino, su semblante cambia completamente y accede a que le tome la foto sin costo alguno. Antes de despedirse, suplica amablemente que la imagen recorra mi país. Asiento con la cabeza.

La foto que casi me cobran
        Bajamos por lo que aparenta ser la calle principal. Amarronados balcones decoran la fachada colonial de las pálidas casitas. En un punto, chocamos con la iglesia. La plaza principal, una de las más grandes de Colombia, se abre solemne ante nuestros ojos. Unos exaltados niños salen de la escuela y caminan solos hacia su hogar. Los chicos no tienen más de seis años. Villa de Leyva no deja de sorprendernos.

Niños riendo
        Por la noche, el pueblo exhibe soberbio todo su ambiente apacible y descontracturado. Gente de todas las edades se reúne en la plaza principal a tomar algo, escuchar música o simplemente a conversar hasta la madrugada. A mi derecha, un hombre alto y corpulento mantiene un animado diálogo con otro hombre más bajito y enjuto. Más allá, una mujer deleita al público de un bar con su afable guitarra criolla. Sabry me mira fijamente a los ojos y me sonríe. Estamos donde queremos estar.


El sábado por la mañana nos despertamos temprano. Es día de mercado y tenemos pensado visitarlo. Un fosforescente colibrí pasa zumbando por mi lado y picotea una guayaba madura. Yo recojo unas feijoas del suelo y me las zampo sin preámbulos. La boca rebosa de sabor a uva. El amanecer en Villa de Leyva llena a uno de vitalidad. Desayunamos unos huevos mientras Cielo, la dueña del lugar, nos cuenta que tras una caminata en ascenso de 45 minutos, podemos alcanzar el mirador del pueblo, por lo que decidimos conocerlo de inmediato. Comenzamos la subida con más dudas que certezas, nos habían dicho que no había forma de extraviarse, pero la realidad es que cuando llegamos a un determinado punto el camino se bifurca en dos senderos casi idénticos. Elegimos uno y aparentamos seguridad. Toda clase de insectos sale de entre la maleza y nos golpea en las piernas. Para colmo, una filosa rama puntiaguda me corta levemente la pierna y comienzo a sangrar. Paso a paso, la escalada se torna mas agreste y cansadora. El mirador no se ve ni a lo lejos y los nervios empiezan a tocar la puerta del estómago. Controlamos el reloj y resulta que llevamos caminando bastante más de una hora. Alrededor todo es calma. Calma y naturaleza. Sentimos miedo de perdernos, así que empezamos a bajar. Con suerte y algo de alivio, llegamos al pueblo y recorremos el mercado. La pequeña plaza es una fiesta de colores, sonidos y aromas. Puestitos de acarameladas frutas, de verduras con colores intensísimos, de intrincada artesanía, de frescos pescados. Un auténtico desfile de manualidades y gastronomía. Probamos la fritanga, pero no logra llamar nuestra atención. Volvemos a nuestra carpa algo desanimados y nos dormimos una siesta corta con la ineludible idea de llegar al mirador al día siguiente.
        El domingo, alcanzamos la cima en exactos 45 minutos. El paisaje nos deja atónitos.

Mercado callejero
Sobran las palabras

10 comentarios:

  1. Me quedé para leerlo!!!!!! Gracias por el recorrido!

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  2. Yo también. Que hermoso lugar.

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  3. Me encanta lo que leo!

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  4. Estoy viendo Colombia a través de sus ojos, ¡Gracias por compartirlo!

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  5. Qué linda ventura!!!viajamos con ustedes!!!

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  6. Qué hermoso! Menos mal que quisieron llegar al mirador!! Los lectores y apreciadores de imágenes: AGRADECIDOS!!!
    PELU

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  7. Muy bueno ale!!!
    Queremos mas!!!
    Besos
    Carlis

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  8. Todo lo que contás es una maravilla, y nos gusta seguirlo como en un cuento, donde los protagonistas llegan al fin al mirador donde todos queríamos que llegaran. Un final feliz. Tito estuvo mirando todas las fotos y le leí los comentarios tuyos, quedó asombrado de tu prosa seductora. Muchos besitos de Tita y Tito

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