Colombia: Un día cualquiera

Te levantás bien temprano en la mañana y te preparás un café. Ponés una sartén al fuego y tirás dos huevos. Hoy los hacés rancheros, con cebolla y salchichas. Cortás dos rodajas de pan y coronás un típico desayuno colombiano con un  jugo de guanábana. El tostado aroma del café invade cada rincón de la casa. Encendés las noticias y las dejás bien bajitas, casi como un susurro. Oís el dulce chisporrotear de la sartén. El negruzco líquido caliente le da una cachetada certera a la modorra. Echás una fugaz mirada al televisor y te colgás con la noticia de los dos turistas españoles secuestrados en La Guajira. Al parecer, no fue obra de las FARC, pero sabés, porque te lo contaron días atrás, que con el gobierno de Santos, la guerrilla está cobrando fuerza nuevamente. Una súbita sensación de tristeza te envuelve como una manta pesada.
Pensás que el pueblo colombiano debería ser reconocido por algo más que las drogas y los combates armados. Salís a la calle y pasás de largo la terminal. Ya entendés desde hace rato que si parás el colectivo unas cuadras más adelante, podés negociar directamente con el conductor y el pasaje te cuesta más barato. Avanzás por la avenida entre estruendos de bocina y enajenados automovilistas e intuís que el colombiano promedio debe creerse Juan Pablo Montoya.  Al pasar, un aniñado policía te saluda con gesto amable. Ya no te sorprende su juventud. Antes, cuando apenas contabas unos días en el país, sí. Pero ahora conocés que los agentes de seguridad pueden retirarse con 20 años de servicio y que, en caso de no hacerlo, pasan a ocupar cargos jerárquicos que los mantienen lejos de las calles. El pequeño colectivo parece navegar a la deriva en un mar de autos embravecidos. Bajás en la terminal y te disponés a sacar un ticket hacia la costa colombiana. Los enérgicos gritos de los vendedores riegan la escena de extravagancia. Regateás el precio y conseguís el pasaje considerablemente más económico. Una especie de cosquilleo sube lentamente por la pantorrilla y se instala en tu pecho. Te emocionás. Ahora sí. Sentís que formas parte de Colombia y que por fin entendiste su cultura. Sentís, además, un irrefrenable deseo de mear. Corrés al baño y una diminuta viejecita arisca te dice que debés pagar para usar el servicio y que sino no pasás. Entonces discutís, te enojas. O peor aún, te enfadás. La mandás bien a la mierda. Creés que nadie tendría que lucrar con las necesidades básicas de las personas. Una vez más, las certezas sobre Colombia se esfuman como una voluta de humo en el aire.

8 comentarios:

  1. muy buena descripción ! sigan disfrutando !!

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  2. Creo que estuve ahí regateando al colectivero.Qué bueno leerte!!!!!!!!!Besos.

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  3. Que buena descripción.... siento que estoy con ustedes.
    Besotes....

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  4. Qué bueno Ale!!!!!! Ya me quiero comer ese desayuno!!!!!! Obvio, soy Male, jajajajajaja!!!!!!

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  5. Muy bueno. Seguí así. Besos.

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  6. Queda mal si yo comento? me preguntaba... y me contesté que no... Porque el blog, no es mio sino de él. Y yo, que voy viviendo a la par todos estos momentos, me siento totalmente orgullosa de que se describa todo de esta manera. Mejor imposible. Es tal cual. Que lindo es tenerlo en palabras tuyas. Gracias por tanto!

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  7. Cuanto amoooooooooor!!!!
    Sigan disfrtutando!!
    Muy bueno el blog
    Besos
    Car

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  8. TE EXTRAÑO ALEEEEE! Y Me encantó. Es un verdadero disfrute comer ese desayuno, sentir la cachetada del café y hasta la cara de la vieja que no te deja si no pagás!!Muchos besos a los dos!Piloteen, piloteen...
    Besos.Miri

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