Zipaquirá y su impactante Catedral de Sal

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        Al principio, me cuesta reaccionar y, cuando por fin lo consigo, me encuentro con la mirada fastidiosa del conductor, quien parece observarme desde hace rato y me hace señas para que baje. Todo me da vueltas, al punto de creer que el colectivo gira sobre su propio eje durante algunos segundos. Sabry está tan desconcertada como yo y sólo atina a agarrar sus cosas como por inercia. Sus pausados movimientos me recuerdan al que realizan los zombies en aquellas películas apocalípticas. El apacible viaje y el tenue ronronear del motor conspiraron para que nos quedáramos profundamente dormidos y apenas pudiéramos entender lo que sucedía.
Bajamos del micro algo desorientados y enfilamos hacia lo que, intuimos, es el corazón de Zipaquirá. Un enorme centro comercial se alza imponente sobre las modestas casitas descoloridas que adornan el paisaje.
Deambulamos un buen rato por pintorescos barrios humildes. Desde la otra calle, un niño nos contempla con sus curiosos ojos negros. Al pasar, pregunta qué llevamos en la mochila que es tan grande. Sabry y yo reímos. Contestamos que cargamos con mucha ropa y parece quedar conforme. 
A primera vista, el pueblo no se asemeja en absoluto a la ajetreada Bogotá y eso nos entusiasma de inmediato.
        Sin embargo, la realidad nos asesta un duro golpe, de esos que te dejan mareado y pidiendo que la cuenta llegue a diez rápidamente. Resulta que Zipaquirá, debido a su principal atracción, la majestuosa Catedral de Sal, se convirtió en un pueblo extremadamente turístico y con precios exorbitantes para nuestro presupuesto, por lo que decidimos, casi instantáneamente, quedarnos una sola noche.
       Por la tarde, comenzamos el ascenso por las escalinatas que llevan a la entrada de la catedral. El cielo se torna de un apagado color plomizo y la tierra anuncia la llegada de la lluvia. Una bocanada de aire puro y aterciopelado me acaricia los pulmones. Nos internamos en lo que se asemeja a una inmensa boca de lobo y dejamos atrás la claridad del día. 


La catedral está enclavada en el interior de una mina de sal y se divide en pequeños recintos, cuyos extremos están custodiados por considerables cruces que van virando su color de sombríos azules a mortecinos violetas. Más allá, la gruta se pierde en la penumbra. Una agradable música indígena nos hace perder la noción del tiempo. El trayecto finaliza en la iglesia, a unos 180 metros bajo tierra, en dónde todos los domingos se celebra misa.


Al salir de la mina, nos sentimos maravillados y algo desconcertados. Casi tan desconcertados como en aquel despertar en el colectivo que nos trajo por primera vez a Zipaquirá. 

10 comentarios:

  1. Increible ese lugar! Muy buenas fotos e impecable relato. Seguimos viajando son Uds.

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    1. Me alegra de verdad que sientan que viajan con nosotros, es uno de los propósitos de los relatos.

      Te quiero!!!
      Besos!!!

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  2. Quisiera saber como esta tu alergia, tu dolor de estómago, tu frecuente acidez, si dormís bien... porque tengo la certeza que nada de eso ahora importa.
    Me encanta cada recoveco en los relatos. Me gustaría escuchar lo que no es tan lindo, también contado con esa magia, por ejemplo ¿como era el hostel en donde pasaron la noche? ¿Tenia zapatos el chico de los ojos negros? Gracias a lo mejor pretendo estar mas cerca. Beso!

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    1. Sí, la verdad que ando bien de todo. Es cierto lo que planteas de que quizás en los relatos no hay nada que sea feo, pero eso es porque hasta ese momento no notamos nada muy distinto a la Argentina (en cuanto a las cosas feas). Digo hasta ese momento porque justamente en el próximo relato ya tenemos algo para contar y que casualmente tiene mucho que ver con el comentario de abajo.
      Voy a intentar retratar un poco más la realidad Colombiana en mis siguientes relatos, pero estoy esperando conocer más sobre ellos para poder retratarlos con mayor exactitud.

      Gracias por seguirnos, pelu!!!

      Besos!!!

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  3. Ale aquí te mando un comentario de una compañera mía del secundario que es alemana y ahora está viviendo en Alemania
    Hola Matilde:

    gracias por la información de tu nieto. Leí el reportaje sobre Zipaquira´.Conozco ese lugar y la catedral de sal. Yo estaba embarazada con mi hija mayor ,que ahora tiene 47 años. me acuerdo del horrible viaje en un autobús que no paraecía tener 4 ruedas sobre el camino. En ese estado pasé unos miedos fatales. De regreso a Bogotá tomamos un taxi.

    Seguiré con mucho interés el viaje de tu nieto. Fue muy emocionante para mí estar mediante ese relato tan bien expresado otra vez allí

    Un abrazo

    Erika

    Seguí escribiendo que nos gusta mucho. Besitos Tita

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    1. Uff! cuánta razón tiene!!! los viajes acá dan miedo! algo de eso voy a contar en el próximo relato.

      Me alegra mucho que haya tanta gente siguiéndonos y que guste lo que contamos.

      Besos para Tito y para vos!

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  4. Hermoso lugar.... impecable relato.... parece que estamos dentro de ese túnel.... que caminamos al lado de ustedes y no los sentimos tan lejos.
    Besos enormes y a seguir.
    CAMINANTE NO HAY CAMINO... SE HACE CAMINO AL ANDAR.
    Silvia

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    1. Me alegro que guste.

      Gracias por seguirnos Sil!!

      Besos!

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  5. Chicos!!!
    Buen viaje!! Gracias por el mensaje que nos dejaron en el blog! Un placer haberlos inspirado a tomar estos rumbos!!
    Colombia es un país hermoso, lleno de gente amable y de mucha alegría! Nosotros estuvimos 45 días y no nos queríamos ir!!!!
    Que siga todo bien y que sigan descubriendo la magia del camino!!!
    besos
    Aldana y DIno

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    1. Sí, por ahora Colombia no está resultando hermoso, chicos.

      Muchas gracias por su mensaje.

      Besos Ale y Sabry

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